El domingo estuve grabando un podcast sobre el valor personal.

Salió un tema incómodo: cómo nos matamos a trabajar para comprar cosas que demuestren que valemos algo, a costa de perder la salud por el camino.

Tú sabes que eso es una trampa, pero caemos igual. ¿Por qué?

Porque desde pequeños nos programaron: “Si te portas bien, premio”. “Si estudias, apruebas”. “Si eres como tu primo, te querremos más”. Causa y efecto. Nos enseñaron que valemos lo que otros dicen que valemos.

Seamos sinceros: si ves un Panamera por la calle, miras el coche. El conductor nos la suda.

¿Cuántas veces has comprado algo solo para aparentar un estatus que no tienes? Yo lo he hecho. Todos lo hemos hecho. ¿Para qué? Para sentirnos superiores durante tres segundos antes de que la envidia del vecino se evapore y te quedes solo con la letra del préstamo.

Es una forma de vivir irrealista. Y peligrosa.

Hagamos un ejercicio de terror: Si ahora mismo te despojaran de todo lo que tienes (el coche, el cargo, la casa, la ropa de marca)… ¿Qué quedaría?

Si tu valor está en el exterior, ahora mismo estarías temblando. Te harías chiquito. Pensarías que no eres nadie. Hay gente que se quita la vida por menos que eso.

En cambio, si tu valor está dentro, verías que la vida te está dando una oportunidad para levantarte. Es duro no tener nada, pero si tienes tus destrezas y confías en ti, construyes algo mejor.

Esa es la lección más valiosa que vas a recibir hoy.

A veces no lo hacemos por nosotros. A veces el motor es que a tus hijos no les falte nada o que tu familia viva dignamente. El amor y la fe mueven montañas, pero la claridad de quién eres es la que sostiene la montaña.

Hoy te reto: Si te despojo de todo… ¿Cómo te sentirías? ¿Quién serías? ¿Qué quedaría de ti?

No te asustes si la respuesta es el vacío absoluto. Si es así, felicidades: hoy empieza tu cambio de verdad.