Hoy quiero invitarte a una reflexión que me ha acompañado por un tiempo. Un punto de vista sobre la vida y la muerte, algo a lo que le he estado dando vueltas y que ahora me gustaría compartir contigo, y por supuesto, escuchar qué piensas tú.
Desde muy pequeña, he tenido la certeza de que algo de nosotros permanece después de la muerte. Siempre lo llamé «alma», esa esencia que nunca muere. Ha sido una fe innata, una verdad absoluta que, aunque no comprendía del todo, sentía en lo más profundo.
Albert Einstein demostró que la masa y la energía son intercambiables, dos manifestaciones de una misma realidad. La materia, en su nivel fundamental, no es sólida e inmutable, sino un conjunto de partículas subatómicas que se comportan como ondas de energía en constante movimiento.
Y el Kybalión de Hermes Trismegisto nos recuerda que el universo es dual, que en todo existen dos caras de la misma moneda: el bien y el mal, el amor y el odio, la vida y la muerte. Todo vibra y se transforma, y dependiendo de la intensidad de esa vibración, puede cambiar de estado. Todo en el universo es energía en diferentes frecuencias, y eso nos incluye a nosotros y a nuestro cuerpo, el vehículo que nos permite recorrer este maravilloso camino.
Este principio establece que todo en el universo está en constante movimiento y vibración. Nada está quieto. Y la intensidad de esa vibración es lo que determina el estado o la frecuencia en la que se encuentra algo.
Si unimos ambos principios, entendemos que el cambio de un polo a otro se logra a través de la modificación de la vibración. Si te encuentras vibrando en una frecuencia de miedo o tristeza (un polo), la forma de moverte hacia la valentía o la felicidad (el polo opuesto) es elevando tu vibración. No es un salto mágico, sino un cambio gradual de frecuencia.
Por lo que todo en el universo está compuesto de energía en diferentes estados o frecuencias.
Y eso aplica a nuestro cuerpo, que es nuestro vehículo para recorrer este maravilloso camino.
Para muchas culturas, la muerte no es un tabú, ni un final, sino una celebración. Es el momento en que el alma que ha transitado por la vida, ha aprendido lo que tenía que aprender y llega a su fin, se libera.
Hace un tiempo me hice una pregunta que me sacudió por completo:
«Si muriera ahora mismo, ¿estaría feliz con la vida que he vivido?»
La respuesta me paralizó. Las piernas se me quedaron inmóviles, luego las caderas y la espalda, y me quedé ahí, quieta, con un miedo tan atroz que me costaba respirar.
La respuesta fue un rotundo no. No había vivido lo suficiente, no había aprendido suficiente, ni me había arriesgado como para sentirme orgullosa.
Así que decidí empezar a vivir cada día como si fuera el último, sin tomarme nada de forma personal, con una sonrisa, y sobre todo, accionando para convertirme en esa persona capaz de sostener todos mis sueños. Y me volví más feliz. Aumenté mi vibración y empecé a vivir cada nuevo día con gratitud.
Pero aún tenía miedo de morir. Y fue entonces cuando lo comprendí: si asumo que en algún momento voy a morir y que, aunque este plano físico termina, mi esencia y mi energía continúan, entonces esta vida es una especie de juego. Es un camino para atreverse, para vencer miedos, para jugar y disfrutar cada paso.
Porque sabemos cuál es el final del juego, ¿verdad? Soltamos nuestra piel, nuestro vehículo, para convertirnos en lo que realmente somos: pura energía, pura alma, puro amor. Y gracias a haber vivido tan intensamente y en coherencia, esa energía es cada vez más sabia, más consciente y, por tanto, si todo está relacionado, la conciencia del universo se expande.
¿Y tú qué opinas? ¿Estás feliz con la vida que estás viviendo?

