Verás.
El domingo pasado estaba escribiendo en mi diario “Soy mi mejor versión” , cuando de repente, una idea pasó por mi cabeza:
«A mí me da igual el dinero mientras ayude a los demás.»
Seguí escribiendo, pero esa afirmación se me quedó rebotando en la cabeza. Me extrañó y levanté la vista, mirando al horizonte…
«Espera, espera… ¿En serio? -me pregunté, interrumpiendo la lectura- ¿Cómo que me da igual el dinero? Si me da igual, ¿de qué vivo? ¿Cómo se sostiene este proyecto que tanto me ilusiona?»
Sí, claro que me encanta aportar mi granito de arena, pero sinceramente, tampoco soy la Madre Teresa de Calcuta…
Entonces, me puse a indagar en esa creencia y saqué algunas conclusiones. Esta frase era, en realidad, un pensamiento limitante. Era una excusa para no ponerle precio a mi valor, por miedo a ser rechazada o a no ser lo suficientemente buena. Era una forma de justificar mi falta de responsabilidad financiera y, en el fondo, un patrón inconsciente que me decía que el dinero y el servicio a los demás eran conceptos opuestos.
Y como es una creencia que no se sostiene y me está limitando, me pregunté: ¿Cómo la puedo cambiar?
Empecé por entender que dar servicio no es un sacrificio, sino un intercambio de valor. Mi tiempo, mi energía y mi habilidad merecen una compensación. Y sí, ganar dinero no es egoísta, sino que amplifica mi capacidad de crecer, de mejorar mi servicio, de llegar a más personas y de hacer prosperar este proyecto. Y, sobre todo, debo afrontar el miedo al rechazo y la inseguridad. Habrá quien te diga que no, y habrá quien esté encantado de contar contigo.
En resumen, me di cuenta de que una persona con propósito puede ser una persona con éxito financiero. Este no anula el valor de su misión, sino que la fortalece.
¿Te resuena esto? ¿Alguna vez te has sentido así?

