Verás.

Hace poco, una persona que se está exponiendo, que está intentando brillar, recibió este insulto: “Eres un maricón, das asco”.

Me escribió destrozada: “Marta, ¿cómo puedo pasar de las críticas? Me hacen mucho daño”.

Te voy a decir lo que pienso. Si ese insulto —o cualquier otro— te duele, es porque todavía le estás dando las llaves de tu casa a un desconocido. Estás dejando que alguien que solo sabe odiar sea quien decida si hoy vas a tener un buen día o no.

Y sé perfectamente de lo que hablo.

Yo también he recibido piedras (además literal). He estado en ese fango donde parece que el ruido de los demás pesa más que tu propia voz. Pero un día entendí algo que cambió mi carrera y mi vida para siempre:

Ese insulto no es una descripción tuya. Es el reflejo del potencial que esa persona ve en ti y que le aterroriza. Te insultan porque les inspiras un miedo atroz: el miedo de ver que tú te atreves a hacer lo que ellos jamás harán.

La crítica es el aplauso de los cobardes.

La solución para que el veneno no te haga daño no es ponerte una coraza. Las corazas pesan y te impiden moverte. La solución es conocerte y quererte tanto que el ruido exterior te resulte, simplemente, una anécdota.

Cuando integras tus dos partes —la luz y la sombra— y te conoces de verdad, te vuelves invulnerable. Si tú sabes quién eres, lo que diga un tipo detrás de una pantalla tiene la misma relevancia que el zumbido de una mosca.

Cuanto más te conoces, más te quieres. Y cuando te quieres de verdad, dejas de pedir permiso para existir.